Las primeras veinte páginas son, para casi todos los lectores, una pared: Alex, el narrador, habla en nadsat, un argot inventado por Burgess mezclando ruso, cockney y palabras inventadas, y el libro no ofrece glosario. O te acostumbras al ritmo, o lo abandonas ahí.
Alex es un adolescente violento que lidera una pandilla dedicada a golpear, violar y robar por puro placer estético (le encanta Beethoven mientras lo hace), hasta que el estado lo captura y lo somete a un condicionamiento psicológico que le impide, literalmente, cometer o incluso imaginar violencia. La pregunta que plantea el libro no es si Alex es malo, sino si quitarle la capacidad de elegir serlo lo convierte en algo peor.
Un libro sobre un chico terrible. Termina siendo sobre lo terrible que es quitarle a alguien la posibilidad de elegir.
Existe una controversia editorial real que vale la pena conocer: la edición original británica tenía un capítulo final donde Alex, ya adulto, se cansa de la violencia por decisión propia. Las ediciones estadounidenses (y la película de Kubrick) lo cortaron, dejando un final mucho más nihilista. Burgess consideró esa versión incompleta una traición al sentido real del libro.
El propio Burgess llegó a resentir el libro: sintió que su fama opacó el resto de su obra, y que muchos lectores lo malinterpretaron como una celebración de la violencia en vez de una pregunta ética sobre el libre albedrío.
El veredicto
Es una lectura difícil por partida doble: el idioma inventado exige paciencia, y el contenido exige estómago. A cambio, ofrece una de las preguntas éticas mejor planteadas de la literatura del siglo XX. Busca la edición con el capítulo veintiuno completo: cambia por completo lo que el libro dice.
Lectores dispuestos a un idioma inventado que exige paciencia, interesados en dilemas éticos sobre libre albedrío y control estatal, y con tolerancia para violencia explícita.
Dónde encontrarlo
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