Es, junto con Ana Karenina, la candidata más citada a «mejor novela jamás escrita», y a diferencia de gran parte del canon del siglo XIX, se lee con una tensión casi de thriller: sabes quién cometió el crimen desde la primera página. La pregunta nunca es quién, sino qué le hace eso a la mente de quien lo hizo.
Raskólnikov, un exestudiante empobrecido, asesina a una prestamista bajo una teoría que él mismo se ha convencido de creer: que ciertos hombres «extraordinarios» están moralmente autorizados a transgredir la ley por el bien mayor. El resto de la novela es el colapso lento y minucioso de esa teoría bajo el peso de la culpa real.
Un libro sobre un hombre que cree tener una teoría sobre el crimen perfecto. El problema es que ninguna teoría sobrevive el contacto con una conciencia real.
Es, en dosis correctas, una novela larga con tramas secundarias que a algunos lectores les resultan más lentas que la trama central (la familia Marmeládov, el propio Svidrígailov), aunque casi todas terminan iluminando algún aspecto de la culpa, la pobreza o la redención que el libro explora.
Vale la pena una advertencia práctica: los personajes rusos tienen varios nombres (nombre, patronímico, diminutivos), algo que confunde genuinamente a muchos lectores primerizos. No es un defecto del libro, pero conviene saberlo antes de empezar, o llevar un registro de personajes a mano.
El veredicto
Es una de las cumbres indiscutibles de la novela psicológica, tensa como un thriller y profunda como un tratado de ética, aunque su epílogo, con su giro hacia la redención religiosa, se siente más apresurado que el resto del libro para algunos lectores.
Lectores dispuestos a una novela larga y densa, interesados en la psicología de la culpa y la justificación moral, y con paciencia para los nombres rusos.
Dónde encontrarlo
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