Se vende como libro infantil, se regala en primeras comuniones y graduaciones, y sin embargo es, probablemente, uno de los libros más tristes que vas a leer disfrazado de cuento con acuarelas.
La historia (un piloto varado en el desierto que conoce a un principito que viene de otro planeta) es solo la excusa. Lo que realmente hace el libro es ir acumulando, capítulo a capítulo, pequeñas fábulas sobre los adultos: el que solo ve números, el que colecciona estrellas sin mirarlas, el que bebe para olvidar que bebe. Es una crítica bastante afilada al mundo adulto, envuelta en algo que parece inocente.
Un libro que finge hablarle a los niños. En realidad, le está reclamando algo a los adultos.
El problema, si se le puede llamar así, es que algunas de sus frases («lo esencial es invisible a los ojos») se han citado tanto, en tantos lugares fuera de contexto, que llegan al libro ya desgastadas: es difícil que te sorprendan cuando las llevas escuchando toda la vida en memes y tazas de café. Eso no es culpa del libro, pero sí afecta cómo se lee hoy.
El final es más ambiguo y más oscuro de lo que su reputación de cuento tierno sugiere: no hay una resolución cómoda, y el propio Saint-Exupéry desapareció en un vuelo de reconocimiento apenas un año después de publicarlo, sin que se recuperara el cuerpo durante décadas. Es difícil no leer el libro, después de saber eso, como una despedida.
El veredicto
Se lee en una hora y se piensa durante años, lo cual es, quizás, la definición más honesta de un clásico. Funciona mejor si llegas a él sin la guardia baja: no como una lección de vida envuelta en dibujos, sino como lo que realmente es, una fábula melancólica sobre la pérdida.
Cualquiera dispuesto a leerlo como algo más que un libro para niños, quienes disfrutan las fábulas filosóficas, y quienes puedan tolerar frases muy citadas sonando, por una vez, en su contexto original.
Dónde encontrarlo
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